Un encuentro en el jardín del corazón
Mientras buscaba imágenes para mis publicaciones, algo ocurrió sin aviso.
Al ver la imagen de un ángel, sentí de inmediato que mi conciencia se desplazaba, como si una puerta interior se abriera suavemente.
Me encontré en un jardín luminoso, lleno de árboles vivos, respirando calma. El cielo era rosado, como un atardecer suspendido en el tiempo, no muy tarde, no muy pronto… simplemente perfecto.
Allí estaba él.
Un ángel de presencia serena y amorosa. A su alrededor volaban pequeñas aves, como si custodiaran el espacio, y una paloma blanca lo acompañaba en silencio. Todo parecía vivo, atento, sagrado.
Su nombre era Johan.
Y entonces comenzamos a conversar.
Johan:
—Todo tiene vida.
Sentí que esa frase no era solo una afirmación, sino una verdad que se expandía por todo el jardín.
Ingrid:
—¿Por qué apareciste?
Johan:
—No tenemos un “por qué”.
Solo quería hablar contigo un momento y entregarte un mensaje. A veces solo se necesita que la mente esté abierta para recibir… y la tuya siempre lo está. Siempre te has caracterizado por eso.
Sé que mi apariencia te recordó a Julián, pero sé que me sentiste.
Créeme, nada es casualidad. No te preguntes tanto cómo llegué aquí hoy.
Hay muchas personas en el mundo que necesitan luz… y te necesitan.
Jamás menosprecies lo que eres capaz de hacer a través de tu sentir, de tus palabras. Gracias por compartir nuestro sentir.
Puede que el mundo nos perciba de otra manera, que se cuestione nuestra existencia. Pero somos reales. Dios lo es.
Lo que sucede es que aprendieron a vernos —y a verlo— de una forma tan elevada, tan distante, que se alejaron de Él… cuando lo sagrado, la luz más preciosa, está aquí.
(Señala el corazón)
Aquí.
Y también aquí —dijo—, señalando el jardín, la naturaleza, la vida que nos rodeaba.
Sentí una emoción profunda en el pecho, tan intensa que mis ojos se llenaron de lágrimas.
Ingrid:
—Siento algo tan bonito cuando los veo o los siento… es una emoción muy fuerte aquí dentro. No quisiera que este momento terminara.
Algunos de ustedes los vuelvo a ver… otros no. Van y vienen.
Johan:
—Todos estamos unidos, querida Ingrid.
Y tú nos recuerdas a todos.
Quienes estén destinados a quedarse, los recordarás aquí —(vuelve a señalar el corazón)—.
Quienes sean como aves de paso en tu vida, quizá no los recuerdes con claridad… pero no creas que no dejaron algo importante en ti.
No te preocupes. Si es de volver a vernos, así será.
Hizo una breve pausa, mientras las aves seguían volando suavemente a nuestro alrededor.
—Y ahora te pregunto algo —dijo—:
¿Quieres que me quede?
Ingrid:
—Sí, me gustaría. Te siento mucho… y sé que tienes cosas por enseñarme. No sé cómo explicarlo, pero lo siento, y rara vez me equivoco cuando siento tan fuerte.
A veces quisiera compartir con el mundo esto que veo, estas emociones que experimento… y es tan difícil. Son pocas las personas que lo logran. ¿Cómo puedo hacer más?
Johan:
—Cada ser humano es un mundo.
Solo cuando están dispuestos a salir de su propio mundo, o cuando deciden que es hora de hacer algo para que ese espacio sea un lugar mejor, es cuando abren la puerta. Entonces buscan ayuda. Buscan luz.
No te preocupes. Todo llega a su momento. Nada es casualidad.
Nadie llega a ti por mera casualidad, Ingrid.
Ni yo.
Sentí que algo nuevo se estaba revelando dentro de mí.
Ingrid:
—Entonces… ¿por qué estás aquí?
Johan:
—Has comenzado un nuevo camino. Un ciclo nuevo.
Siempre has querido caminar tu vida de la mano de Dios. Siempre has pedido guía.
Por eso, a lo largo de los años, cuando fuiste consciente de nuestra presencia, varios de nosotros hemos estado a tu lado, ¿verdad? Guiándote.
Primero fue tu ángel guardián. Y con el tiempo, más de nosotros llegamos a ti.
Ahora es mi turno.
Y no te preocupes: si así lo deseas, me quedaré el tiempo que necesites para enseñarte y guiarte.
Ingrid:
—¿Qué debo hacer para ser mejor?
Johan:
—No te presiones de esa manera. Ya lo eres.
Solo necesitas aprender a ver a la verdadera Ingrid.
Síguela… (señala tu corazón)
Y nútrelo siempre con el amor de Dios: a través de la oración, de tus acciones cargadas de amor… no solo hacia los demás, sino también hacia ti misma.
Sentí la necesidad de confirmar algo que muchas veces había dudado.
Ingrid:
—Las oraciones que comparto… ¿sí ayudan? Me dicen que sí, pero a veces siento que quizá no es para tanto.
Johan:
—Muchas veces las personas no saben cómo poner en palabras lo que hay en su pecho cuando hablan con Dios.
Tus palabras se vuelven puertas. Puertas para que otros acerquen su corazón al Padre.
Así que, aunque no lo creas, estás haciendo mucho.
No menosprecies esas palabras.
Supe entonces que nuestra conversación estaba llegando a su fin.
Johan me miró con esos ojos color miel, llenos de un amor profundo y sereno. La paloma blanca se acercó aún más, y él me entregó una pequeña flor blanca.
—Simplemente sé tú —me dijo—.
Eres maravillosa tal como eres.
Simple. No busques ser nadie más. Solo tú.
Ámate mucho… porque cuando hay amor, todo florece.
Siempre estaré aquí si me necesitas.
A veces creemos que solo podemos encontrarlos en la oración o en la meditación. Y es cierto:
la oración convierte el lenguaje en luz,
y la meditación nos permite escuchar lo que el cielo quiere decirnos.
Pero también los hallamos en la cotidianidad misma.
Allí están ellos.
Allí está Dios.
Porque todo es Su creación.
Hay encuentros que no buscan ser comprendidos, sino reconocidos.
No llegan para convencer a la mente, sino para tocar el corazón en silencio.
Este encuentro no me dejó respuestas cerradas, sino una certeza viva:
que la presencia de lo divino no está lejos, ni reservada para unos pocos, ni encerrada solo en momentos solemnes.
Está aquí. En lo cotidiano. En lo sencillo. En lo que se siente verdadero.
A veces los seres de luz se acercan para enseñar.
Otras veces, simplemente para recordarnos quiénes somos cuando dejamos de exigirnos tanto y nos permitimos ser.
Quizá tú también has sentido alguna vez esa emoción profunda en el pecho, esa lágrima que nace sin tristeza, esa sensación de “esto es real aunque no sepa explicarlo”.
Si es así, confía. No necesitas ponerle nombre a todo.
El alma reconoce lo que le pertenece.
Tal vez no todos los ángeles se queden,
pero ninguno pasa sin dejar una semilla.
Y cuando hay amor… todo florece.
Que esta experiencia no sea solo un relato,
sino una invitación suave a escuchar tu propio jardín interior,
allí donde Dios, la vida y la luz
siguen hablándote… de muchas formas.
En silencio.
Con amor.
Siempre.
Ingrid

